martes, 3 de septiembre de 2013

La Dimensión Eclesial de la FE

Escrito por P. Leonardo Sánchez Acevedo sdb

1. UNA FE COMPARTIDA EN COMUNIDAD JUNTO CON MARÍA. LA
DIMENSIÓN ECLESIAL DE NUESTRA FE Y DE LA DEVOCIÓN MARIANA. Comunidades en misión. Palabra clave: Iglesia-Pueblo de Dios.


Recursos:
1. texto completo de la LUMEN FIDEI.:
http://www.vatican.va/holy_father/francesco/encyclicals/documents/papa-­‐francesco_20130629_enciclica-­‐lumen-­‐fidei_sp.html


MIENTRAS RECORRES LA VIDA (Espinosa) 


Mientras recorres la vida, 
tú nunca solo estás 
contigo por el camino, 
Santa María va. 

Ven con nosotros a caminar, Santa María, ven. (bis)

1ª idea: FORMAMOS PARTE DEL CAMINO DE LA IGLESIA GRACIAS A LA FE
En el nº 22 de la LF: “…Como dice san Pablo: « Con el corazón se cree […], y con los labios se profesa » (Rm 10,10). La fe no es algo privado, una concepción individualista, una opinión subjetiva, sino que nace de la escucha y está destinada a pronunciarse y a convertirse en anuncio. En efecto, « ¿cómo creerán en aquel de quien no han oído hablar? ¿Cómo oirán hablar de él sin nadie que anuncie? » (Rm 10,14). 

La fe se hace entonces operante en el cristiano a partir del don recibido, del Amor que atrae hacia Cristo (cf. Ga 5,6), y le hace partícipe del camino de la Iglesia, peregrina en la historia hasta su cumplimiento. Quien ha sido transformado de este modo adquiere una nueva forma de ver, la fe se convierte en luz para sus ojos.
2ª idea: LA CASA, EL HOGAR DE LA MADRE.
39. Es imposible creer cada uno por su cuenta. La fe no es únicamente una opción individual que se hace en la intimidad del creyente, no es una relación exclusiva entre el « yo » del fiel y el « Tú » divino, entre un sujeto autónomo y Dios. Por su misma naturaleza, se abre al « nosotros », se da siempre dentro de la comunión de la Iglesia. Nos lo recuerda la forma dialogada del Credo, usada en la liturgia bautismal. El creer se expresa como respuesta a una invitación, a una palabra que ha de ser escuchada y que no procede de mí, y por eso forma parte de un diálogo; no puede ser una mera confesión que nace del individuo. Es posible responder en primera persona, « creo », sólo porque se forma parte de una gran comunión, porque también se dice « creemos ». Esta apertura al «nosotros » eclesial refleja la apertura propia del amor de Dios, que no es sólo relación entre el Padre y el Hijo, entre el « yo » y el « tú », sino que en el Espíritu, es también un « nosotros », una comunión de personas. Por eso, quien cree nunca está solo, porque la fe tiende a difundirse, a compartir su alegría con otros. Quien recibe la fe descubre que las dimensiones de su « yo » se ensanchan, y entabla nuevas relaciones que enriquecen la vida. Tertuliano lo ha expresado incisivamente, diciendo que el catecúmeno, « tras el nacimiento nuevo por el bautismo », es recibido en la casa de la Madre para alzar las manos y rezar, junto a los hermanos, el Padrenuestro, como signo de su pertenencia a una nueva familia.

3º. UN TIEMPO HISTÓRICO QUE NOS HA TOCADO
QUÉ MEDICINA TENEMOS: la fe vivida en comunidad, anunciada y compartida.
- Hemos hablado estos días de la cultura del miedo, del encerrarnos.
- Un término que usa el Papa Francisco: El peligro de la autorreferencialidad
- (Recurso: http://www.analisisdigital.org/2013/07/01/elpeligro- de-la-autorreferencialidad/)
- El significado es sencillo: la autorreferencialidad consiste en medir continuamente todo lo que uno piensa, desea, realiza y le ocurre en función de si le gusta o le gusta, de si le ayuda o no le ayuda, de si luego estará más contento o menos contento.

4º. LA TENTACIÓN DE LA FE AUTORREFERENCIAL
El Papa Francisco ha dado el alerta para apartarnos de ese peligro. En la homilía del domingo de Pentecostés de 2013, dirigida a los movimientos y asociaciones laicales dentro del marco del Año de la fe, dijo: “El Espíritu Santo nos introduce en el misterio del Dios vivo, y nos salvaguarda del peligro de una Iglesia gnóstica y de una Iglesia autorreferencial, cerrada en su recinto; nos impulsa a abrir las puertas para salir, para anunciar y dar testimonio de la bondad del Evangelio, para comunicar el gozo de la fe, del encuentro con Cristo” (19 de mayo de 2013). …Cuando superamos el peligro de vivir de modo autorreferencial, cuando
ponemos en el centro a Cristo y a los hermanos, nos convertimos en auténticos creyentes. Entonces la fe se vive con entusiasmo, con confianza, desde un testimonio que atrae. Abrimos las puertas (otra idea que le gusta al Papa Francisco) para dejar entrar a tantos hombres y mujeres que buscan, quizá sin saberlo, a Dios; y salimos hacia las “periferias”, hacia quienes esperan, tal vez sin decirlo, una luz, una ayuda, un consuelo, una mano amiga. 
Todo ello será posible si dejamos de lado ese peligro de la autorreferencialidad, con sus muchas manifestaciones , para dejarnos llevar, libres y enamorados, por el viento del Espíritu de Cristo. 

Tomo ahora el análisis que hace el Papa Francisco con los obispos de Brasil durante la Jornada Mundial de la Juventud el 27 de Julio. Nos invita a leer la realidad desde la imagen evangélica del Encuentro de Jesús Resucitado con los discípulos de Emaús. 

(Recurso:http://www.vatican.va/holy_father/francesco/speeches/2013/july/documents/papa-francesco_20130727_gmg-episcopato-brasile_sp.html)
El icono de Emaús como clave de lectura del presente y del futuro.
No hay que ceder al desencanto, al desánimo, a las lamentaciones. Hemos trabajado mucho, y a veces nos parece que hemos fracasado, y tenemos el sentimiento de quien debe hacer balance de una temporada ya perdida, viendo a los que se han marchado o ya no nos consideran creíbles, relevantes.
Releamos una vez más el episodio de Emaús desde este punto de vista (Lc 24, 13-15). Los dos discípulos huyen de Jerusalén. Se alejan de la «desnudez» de Dios. Están escandalizados por el fracaso del Mesías en quien habían esperado y que ahora aparece irremediablemente derrotado, humillado, incluso después del tercer día (vv. 24,17-21). Es el misterio difícil de quien abandona la Iglesia; de aquellos que, tras haberse dejado seducir por otras propuestas, creen que la Iglesia —su Jerusalén— ya no puede ofrecer algo significativo e importante.
Y, entonces, van solos por el camino con su propia desilusión.
Tal vez la Iglesia se ha mostrado demasiado débil, demasiado lejana de sus necesidades, demasiado pobre para responder a sus inquietudes, demasiado fría para con ellos, demasiado autorreferencial, prisionera de su propio lenguaje rígido; tal vez el mundo parece haber convertido a la Iglesia en una reliquia del pasado, insuficiente para las nuevas cuestiones; quizás la Iglesia tenía respuestas para la infancia del hombre, pero no para su edad adulta.
 El hecho es que actualmente hay muchos como los dos discípulos de Emaús; no sólo los que buscan respuestas en los nuevos y difusos grupos religiosos, sino también aquellos que parecen vivir ya sin Dios, tanto en la teoría como en la práctica. 

Ante esta situación, ¿qué hacer? Hace falta una Iglesia que no tenga miedo a entrar en la noche de ellos. Necesitamos una Iglesia capaz de encontrarlos en su camino. Necesitamos una Iglesia capaz de entrar en su conversación. Necesitamos una Iglesia que sepa dialogar con aquellos discípulos que, huyendo de Jerusalén, vagan sin una meta, solos, con su propio desencanto, con la decepción de un cristianismo considerado ya estéril, infecundo, impotente para generar sentido.

La globalización implacable y la intensa urbanización, a menudo salvajes, prometían mucho. Muchos se han enamorado de sus posibilidades, y en ellas hay algo realmente positivo, como por ejemplo, la disminución de las distancias, el acercamiento entre las personas y culturas, la difusión de la información y los servicios. Pero, por otro lado, muchos vivencian sus efectos negativos sin darse cuenta de cómo ellos comprometen su visión del hombre y del mundo, generando más desorientación y un vacío que no logran explicar. Algunos de estos efectos son la confusión del sentido de la vida, la desintegración personal, la pérdida de la experiencia de pertenecer a un “nido”, la falta de hogar y vínculos profundos.
Y como no hay quien los acompañe y muestre con su vida el verdadero camino,
muchos han buscado atajos, porque la «medida» de la gran Iglesia parece demasiado alta. Hay aún los que reconocen el ideal del hombre y de la vida propuesto por la Iglesia, pero no se atreven a abrazarlo. Piensan que el ideal es demasiado grande para ellos, está fuera de sus posibilidades, la meta a perseguir es inalcanzable. Sin embargo, no pueden vivir sin tener al menos algo, aunque sea una caricatura, de eso que les parece demasiado alto y lejano. Con la desilusión en el corazón, van en busca de algo que les ilusione de nuevo o se resignan a una adhesión parcial, que en definitiva no alcanza a dar plenitud a sus vidas.
La sensación de abandono y soledad, de no pertenecerse ni siquiera a sí mismos, que surge a menudo en esta situación, es demasiado dolorosa para acallarla. Hace falta un desahogo y, entonces, queda la vía del lamento. Pero incluso el lamento se convierte a su vez en un boomerang que vuelve y termina por aumentar la infelicidad. Hay pocos que todavía saben escuchar el dolor; al menos, hay que anestesiarlo.

Ante este panorama hace falta una Iglesia capaz de acompañar, de ir más allá del mero escuchar; una Iglesia que acompañe en el camino poniéndose en marcha con la gente; una Iglesia que pueda descifrar esa noche que entraña la fuga de Jerusalén de tantos hermanos y hermanas; una Iglesia que se dé cuenta de que las razones por las que hay gente que se aleja, contienen ya en sí mismas también los motivos para un posible retorno, pero es necesario saber leer el todo con valentía. Jesús le dio calor al corazón de los discípulos de Emaús. 

Quisiera que hoy nos preguntáramos todos: ¿Somos aún una Iglesia capaz de inflamar el corazón? ¿Una Iglesia que pueda hacer volver a Jerusalén? ¿De acompañar a casa? En Jerusalén residen nuestras fuentes: Escritura, catequesis, sacramentos, comunidad, la amistad del Señor, María y los Apóstoles... ¿Somos capaces todavía de presentar estas fuentes, de modo que se despierte la fascinación por su belleza?

Muchos se han ido porque se les ha prometido algo más alto, algo más fuerte, algo más veloz.
Pero, ¿hay algo más alto que el amor revelado en Jerusalén? Nada es más alto que el abajamiento de la cruz, porque allí se alcanza verdaderamente la altura del amor. ¿Somos aún capaces de mostrar esta verdad a quienes piensan que la
verdadera altura de la vida está en otra parte?

¿Alguien conoce algo de más fuerte que el poder escondido en la fragilidad del amor, de la bondad, de la verdad, de la belleza?

La búsqueda de lo que cada vez es más veloz atrae al hombre de hoy: internet
veloz, coches y aviones rápidos, relaciones inmediatas... Y, sin embargo, se nota una necesidad desesperada de calma, diría de lentitud. La Iglesia, ¿sabe todavía ser lenta: en el tiempo, para escuchar, en la paciencia, para reparar y reconstruir? ¿O acaso también la Iglesia se ve arrastrada por el frenesí de la eficiencia?

Recuperemos, queridos hermanos, la calma de saber ajustar el paso a las posibilidades de los peregrinos, al ritmo de su caminar, la capacidad de estar siempre cerca para que puedan abrir un resquicio en el desencanto que hay en su corazón, y así poder entrar en él. Quieren olvidarse de Jerusalén, donde están sus fuentes, pero terminan por sentirse sedientos. Hace falta una Iglesia capaz de acompañar también hoy el retorno a Jerusalén. Una Iglesia que pueda hacer
redescubrir las cosas gloriosas y gozosas que se dicen en Jerusalén, de hacer entender que ella es mi Madre, nuestra Madre, y que no están huérfanos. En ella hemos nacido. ¿Dónde está nuestra Jerusalén, donde hemos nacido?

En el bautismo, en el primer encuentro de amor, en la llamada, en la vocación. Se necesita una Iglesia que vuelva a traer calor, a encender el corazón.

Se necesita una Iglesia que también hoy pueda devolver la ciudadanía a tantos de sus hijos que caminan como en un éxodo.

¡ Virgen Santísima de Consolación! Ayuda a que nuestro testimonio sea claro e ilumine!

“…SOLAMENTE LE QUEDABA LA MEDALLA DE LA VIRGEN DE CONSOLACIÓN…SU NOMBRE…SU ESTAMPA…Y LE HIZO HACER MEMORIA…EL DÍA 8 VOLVERÁ A
VENIR…”


Cristo resucitado ilumina a los Apóstoles para que su anuncio pueda ser entendido y se transmita íntegro a todas las generaciones; para que el hombre oyendo crea, creyendo espere, y esperando ame (cf. S. Agustín, De catechizandis rudibus, 4,8).

Al predicar a Jesucristo resucitado, la Iglesia desea anunciar a todos los hombres un camino de esperanza y acompañarles al encuentro con Cristo. (4 de Mayo 2003. Madrid. Juan Pablo II, misa de canonización en la Plaza de Colón)

PARA TODOS AQUELLOS QUE SALEN AL ENCUENTRO Y COMPARTEN SU FE: NO PIERDAN LA ESPERANZA. ESTA ORACIÓN ES EL FIEL RETRATO DE AQUELLA QUE SALIÓ AL ENCUENTRO A PESAR DE TODO por Madre teresa de Calcuta

Las personas son irracionales, inconsecuentes y egoístas, Ámalas a pesar de todo.
Si haces el bien, te acusarán de tener oscuros motivos Egoístas; haz el bien a pesar de todo.
Si tienes éxito y te ganas amigos falsos y enemigos verdaderos;
Lucha a pesar de todo.
El bien que hagas hoy será olvidado mañana;
Haz el bien a pesar de todo.
La sinceridad y la franqueza te hacen vulnerable;
Sé sincero y franco a pesar de todo.
Lo que has tardado años en construir; puede ser destruido en una noche; Construye a pesar de todo.

Da al mundo lo mejor que tienes y te golpearán, a pesar de ello,
Da al mundo lo mejor que tienes a pesar de todo.
Dios conoce todas nuestras debilidades y nos ama a pesar de todo. 

SANTA MARÍA DE CONSOLACIÓN, RUEGA POR NOSOTROS.

Redacta: P. Leonardo Sánchez Acevedo SDB (@leonardosdb)

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